Historias

No hay agua para la pizca

Inocencia salió aquella mañana, como lo hacía desde el día en que se casó con Horacio, con una olla de barro, a recoger el agua para la pizca del desayuno en el viejo tanque de la casa. Después de prepararse, caminó sin hacer demasiado ruido hasta el zaguán, pero pronto notó el ambiente enrarecido, ¿y esto?, se dijo, es la primera vez que siento calor en Capacho. Había salido ya al solar y se detuvo cuando sintió que le faltó el aire, ¡por los clavos de Cristo!, creyó gritar con todas sus fuerzas, pero no se escuchó ni ella misma, agarró la olla con más fuerza, se persignó y comenzó a rezar mentalmente mientras continuaba su camino hacia el tanque, que sus ojos no me vean y que sus pies no me alcancen… Se acercó y decidida dejó la olla a un lado, en el suelo, y se dispuso a quitar la tapa improvisada que le hicieron al tanque hacía ya 46 años. No obstante al acercar sus manos a la tapa, la detuvo inmediatamente el maullido frenético de un gato negro, estoy segura de que es un gato negro, pensó, no podría ser de otro color y maullar así, pero, ¿dentro del tanque? Se apresuró a destaparlo, pero lo que vio sí la hizo gritar a todo pulmón y despertar como de una pesadilla infernal a cuanto dormido desprevenido había a esa hora en el pueblo; un gato efectivamente negro chapoteaba en el aire sin dejar de maullar. Sí, en el aire, el tanque estaba completamente seco y sin embargo el sonido que hacían las cuatro patas del gato en movimiento eran claramente relacionables con agua. ¡Santísima virgen!, gritó, ¡Está vacío, está vacío! ¡No hay agua para la pizca! En menos de lo que canta un gallo tenía a su lado a Alberto, el único hijo que le quedaba vivo después de la epidemia de fiebre amarilla, sudando a chorros por el extraño calor, y al otro lado, Horacio, su marido, que desde hacía tres semanas y dos días estaba casi completamente sordo, se preguntaba  qué pasaba, mientras la esposa hacía gestos ininteligibles y señalaba al interior del tanque. Alberto más blanco que el algodón, ya estaba diciendo, ¡Está volando mamá, el gato está volando!, ¡Es un milagro mamá!, y luego, ¡Pero es un gato negro! ¡Estas tienen que ser artes del maligno! Y dicho esto se da vuelta para mirar a su mamá que ha estado callada. ¡Mamá! ¡¿No ve que está volando?! Pero Inocencia después de un último grito que le pondría la piel de gallina a todo el pueblo durante una semana, ¡Está vacíoooo…! Cayó infartada y no se levantó ya más.

Aunque todos en Capacho se enteraron del acontecimiento, milagroso o maléfico, nadie lo recordó al enterarse de la muerte de Inocencia. Fue necesaria toda el agua del tanque de Juana, la madrina de Alberto, para preparar la pizca negra la noche del velorio. Al entierro asistieron todos y cada uno de los habitantes del pueblo; mujeres, hombres, niños, perros, gatos, canaritos enjaulados, tanto, que los caballos y vacas tuvieron que quedarse a esperar afuera del pequeño cementerio y los pájaros en libertad caían muertos sobre la muchedumbre al tropezar unos con otros, mientras sobrevolaban.

El gato negro duró flotando tres días y tres noches seguidas, pero nadie le prestó atención. La última noche, con el aguacero, el tanque que había permanecido destapado, se llenó hasta el tope y el gato salió nadando de perrito, se bajó del tanque, se sacudió como un perro, se echó a correr y se perdió en el bosque de pinos al fondo de la casa. Por respeto a Inocencia y a todos los difuntos, nadie jamás volvió a hablar en Capacho ni del gato, ni del tanque, que fue sellado para siempre con las plumas de los pájaros que cayeron muertos el día del entierro. La historia la cuenta sólo quien pase de los 80 años de edad y tenga más de la mitad viviendo fuera del pueblo.

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Eran las diez y media de la noche cuando Rosa salió del cuarto para mandar a dormir a su hija Clara Azucena, apagar el aparato de televisión, cerrar la ventana lateral de la sala, que había quedado abierta desde que Doña Martha, la vecina, llamó por un poco de miel de abeja, pero recordó justo a tiempo que debía antes que nada bajar del fogón el almíbar que había dejado a fuego lento para las moras que Joaquín, su marido, había recogido del huerto.  De manera que vertió el espeso almíbar sobre una gran olla repleta de moritas silvestres y lo meneó con una cuchara de palo. Maniática de la limpieza, lavó la cuchara de inmediato y la puso en su sitio mientras sonaban ya las once campanadas en la iglesia de la Aldea San José de Bolívar. ¡A dormir, a dormir que ya es muy tarde!, le dijo a su hija. Cerró la ventana lateral, ya sólo faltaba apagar la luz del frente, pero tenía la mala costumbre de mirar primero por la ventana para ver si no había ningún fantasma merodeando la casa. Sin embargo, lo que observó fue a un jovencito con un maletín a cuestas tiritando de frío mientras esperaba “quién sabe que transporte nocturno y perverso”. Se encogió de hombros, apagó la luz y se fue a acostar. Más tardó en acomodarse al lado de Joaquín, que en decidirse a abrirle la puerta al extraño, darle de comer e invitarlo a pernoctar. Se volvió a levantar, ¿Qué pasa?, le dijo Joaquín entre dormido, afuera hay un sute temblando de frío, respondió ella, pero su marido ya estaba dormido de nuevo. Caminó hasta la ventana, prendió las luces del frente y de la sala, tomó la llave, abrió la puerta y salió al porche, ¡Ola papá que hace usté ahí a estas horas!, ¿no ve el sereno que está haciendo?, le dijo, y él tiritando le explicó que sus amigos lo habían dejado botado, que había venido de excursión a las lagunas, pero que el miche de rosas les cayó mal a los demás y se olvidaron de él cuando fue un momento a orinar. Rosa lo mandó a pasar, le quitó el maletín y lo puso junto al mueble, ¡Ay no, no, no, ola pero cómo se les ocurre a ustedes…! Al entrar a la casa ya Clara  Azucena estaba sentada en el mueble con la cobija en la cabeza, ¿y ese quién es?, preguntó, vaya y pone a calentar tantica agua ya que está despierta y deje de preguntar ¿no ve que es un sute que dejaron por ahí botao?, Azucena obedeció, cuando regresó con el agua caliente y una taza de caldo de papas que quedó de la cena, ya su mamá parecía la abuela del recién llegado; le había puesto encima una cobija de lana, dos guantes de algodón en cada mano y tres gorros para el frío. ¿Y ya le preguntó cómo se llama?, preguntó Azucena, ¡no y con qué tiempo, déjelo llegar ala! Le hicieron quitarse las botas deportivas que cargaba puestas, las medias y los pantalones; era delgado, velludo y muy blanco, casi morado. Le colocaron la olla de agua ya tibia y metió los pies, le pusieron la taza de caldo en las manos y conforme iba comiendo su rostro iba recuperando vida. No era tan blanco en realidad, tenía el cabello muy negro igual que los ojos, unas cejas bien pobladas, la nariz prominente y los labios y pómulos que antes eran morados, ahora se veían enrojecidos por el frío y el sol de las montañas. Cuando terminó de comer levantó lentamente la mirada y observó por primera vez a Rosa y luego a Clara Azucena, pero allí se detuvo con el rostro sin expresión, mirando fijamente a Azucena y no dejó de hacerlo hasta la cuarta vez que Rosa dijo, ¡Shisssh sute, le estoy hablando!, que ¿cómo se llama uste? ¿Ay ola no será que quedo bobo por el frío? ¡Shisssh mijo!, Johan, le dijo a Rosa sin mirarla, yo me llamo Johan, soy de La Grita, y luego mirándola, gracias señora, gracias, y volvió a mirar a Azucena.

Así había sido siempre Johan, un poco despistado para la vida en general, pero muy concentrado en sus estudios y en el trabajo del campo. Introvertido, pero no demasiado, era más bien selectivo con las personas a quien conocía de verdad y por quien se dejaba conocer. Con sus papás, como cualquier otro hijo consciente de los favores que recibía de ellos. Novias, pues para qué, si el amor de su vida, la hija del señor de la quincalla, terminó, sin analgésicos,  tratándolo de cursi.

Azucena en cambio fue siempre bastante despierta y decidida, no muy estudiosa, pero fue aprendiendo de buena gana todo lo que su mamá le iba enseñando sobre asuntos del hogar. Era una muchacha muy bien proporcionada, aunque no tanto como para parecer de mentira, era blanca rosácea, con el cabello largo, rojizo oscuro y algo enredado, las cejas finas del mismo color y los ojos grandes, marrones y claros con unas largas pestañas, la nariz pequeña y perfilada, pero lo que a Johan le pareció verdaderamente inquietante fue su boca, unos labios carnosos del color de los fresones maduros, los dientes blancos en su respectivo sitio y orden, una forma de media sonrisa difícil de encontrar hasta en los más afamados concursos de belleza femenina. No podía dejar de observarla en la pijama hecha quizá por su madre a la justa medida, y en eso pensaba cuando escuchó decir a Rosa, …ya dormir al pobre sute y mañana que nos eche el cuento como es, ahí está el cuarto de Adolfo, un hijo mío que ya se jue pa’ la universida, allá en Saristóbal, vaya Clarita póngale sábanas limpias, pero Azucena no la estaba escuchando, ya no tenía oídos más que para el ruido que Johan estaba haciendo con los pies en el agua, y ojos sólo para esos ojos negros que habrían de cambiarle la vida esa noche y para siempre. De un trancazo la sacó Rosa del trance y ella fue a prepararle el cuarto al invitado. Entraron los tres en la habitación. Azucena tendió la cama con sábanas blancas y las dos almohadas que había sobre ella. Él, Johan, la veía hacerlo impresionado de su precisión al colocar la sábana sin una sola arruga, ha de tener mi edad, pensó, mientras escucho bostezar a Rosa y decir, bueno mijo, que pase buenas noches, mañana será otro día, le dio una pijama limpia de Adolfo y sacó también a Azucena de un jalón, y vamos, vamos uste también que si no mañana se me va a parar a la hora del almuerzo. Clara Azucena salió sin decir una palabra, pero ambos se despidieron con un intento de sonrisa cómplice. Sólo ya en el cuarto, Johan se cambió, apagó la luz y se acomodó como pudo en una cama matrimonial que le pareció gigantesca. Rosa fue a su cuarto y se durmió enseguida sin despertar a Joaquín, que soñaba con las horas de pasión que alguna vez hace ya mucho pasó en cualquier gallinero con alguna prima. Azucena, en cambio, se quedó despierta, con la luz apagada, mirando las vigas del techo y pensando con todas su fuerzas en un desconocido, mientras que él hacía lo mismo en la habitación contigua, solo que tiritando de frío, pues hacía aire afuera y el cuarto de Adolfo tenía una ventana a la que le faltaba dos vidrios, de manera que el cuarto parecía más bien un refrigerador de carnicería. Azucena lo escuchó congelándose y se acercó más a la pared que dividía las habitaciones; escuchó su respiración azorada y el crujir de sus dientes, y comenzó a sentir por primera vez un calor que nacía en su vientre y le iba quemando suavemente todo el cuerpo. Dio tres o cuatro vueltas en su cama sintiendo su propio calor en el colchón, se sentía morir pero a la vez más viva que nunca y sin pensar se deslizó hasta el cuarto del forastero, se acercó a su cama y le dijo en un susurro, si quiere duerme en mi cuarto, que allá no hace tanto frío. Johan, temblando en principio de frío, luego de miedo al no reconocerla y después otra vez de frío, se dejó llevar de la mano entre la oscuridad hasta la cama de Azucena. Estaba tibia, Johan se acostó y se arropó en seguida todavía temblando, ella se acostó a su lado. El cuarto tenía una luz de luna natural que entraba por una lámina de acerolit transparente, de modo que todo se veía azul. Deme un poquito de cobija, le dijo Azucena, él le pasó la cobija por encima y ella se acomodó entre sus brazos, sintieron por primera vez el calor de sus cuerpos, respiraron por primera vez el uno del otro, quedaron frente a frente observándose, con la seriedad de quienes descubren la existencia de la muerte y así permanecieron durante una hora y media, que para ellos pasó en cuatro segundos y eso si se suman los dos que sintió pasar cada uno, hasta que pensaron que era ésa la primera vez que se veían y entonces, ya  sin temblar, Johan sonrió y dijo, hola, ella le devolvió el gesto con otro simple, hola, cuando sintió la mano suave de Johan sobre su cara. Con sus dedos él recorrió el rostro de la muchacha y entonces ella le hizo a él lo mismo, fue bajando muy lentamente su mano hacia el cuello de él, luego por su pecho hasta su abdomen y metió su mano debajo de le franela y la fue subiendo para quitársela, él la ayudó hasta quedar medio desnudo. Azucena lo abrazó fuerte, sintió los músculos varoniles de su pecho, espalda y  brazos, él sintió el latir ansioso del corazón de Azucena, la apartó con fuerza pero sin hacerle daño, le quitó la franela del pijama y descubrió sus pechos blancos, redondos y duros, con los pezones excitados marrón claro, la observó a los ojos por unos segundos, la besó primero en el cuello, la quiero Azucena, le dijo, usted tiene adentro la grandeza de la tierra, con sus árboles, flores y montañas y en la mirada la fuerza de los ríos y océanos, luego fue buscando con su lengua esos labios carnosos del color de los fresones maduros, pero solo los rozó contra sus labios, los recorrió lentamente como marcando un territorio, haciéndolos suyos para siempre, hasta que fue ella quien se afincó para besarlo, y se fundieron en un primer beso de amor para ambos, que duraría otra hora pero para ellos, un segundo. Aprendieron juntos el arte de besar,  al final del beso sus lenguas se entendían a la perfección y sus salivas eran el combustible que encendía cada vez más la gran fogata del deseo. Seguían abrazados y Clara Azucena ya sentía sobre su vientre el palpitar endurecido de la verga de Johan que la estaba besando de nuevo en el cuello, la quiero, usted es mi manantial bendito y no me importa lo que piense el resto, le estaba diciendo, fue bajando con su lengua hasta sus pechos, jugando a ser bebé, lamiendo en forma circular sus pezones cada vez más endurecidos, luego hacia su abdomen, se detuvo para lamer su ombligo y luego con sus manos fue quitando lentamente el mono del pijama de Azucena hasta descubrirla completamente desnuda, ella lo ayudó. Subió de nuevo hasta su boca y con su cuerpo sobre ella, la besó. Ella fue girando hasta estar los dos de lado y bajó sus manos para quitarle a él, el mono del pijama. Johan la ayudó y cuando quedaron los dos desnudos bajo la cobija caliente, Azucena se acercó a su oído y le susurró, espéreme aquí mi amor, le dio otro beso y se levantó arropada con todo y cobija, dejando a Johan desnudo en la cama. Salió del cuarto sin hacer ruido y cuando volvió traía consigo una taza sopera repleta de dulce de moras. Dejó caer la cobija sobre la alfombra del cuarto y se sentó junto a Johan, que ya sentado en la cama no le había dado tiempo de creer lo que estaba viviendo. ¿Le gusta?, pregunto ella, y Johan le quitó la taza de las manos, la colocó en la mesita de noche, la abrazó y la acostó en la cama con un beso. Luego, mientras la besaba tomó la taza de dulce de moras tibio aún, la puso sobre la cama, metió sus dedos, índice y medio, sacó un poco y comenzó a untar todo el cuerpo de Azucena mientras lamía el delicioso dulce. Con su boca le dio a ella un poco, y compitieron para ver quién comía más, luego fue bajando y jugueteó un rato con sus pezones. Cuando llegó a la parte baja del abdomen ella flexionó las rodillas y abrió un poco sus piernas, él las besó muy tiernamente mientras se iba acercando cada vez más a su sexo. Besó su pubis aún virgen, lamió lentamente su vulva y al llegar a la vagina la encontró bastante húmeda, jugó con su lengua, de pronto se acordó de las clases de salud sexual de octavo año en el Liceo Militar Monseñor Jáuregui. Tomó un poco más de dulce y buscó su clítoris, lo encontró excitado, lo tocó con los dedos embadurnados de dulce, comenzó a lamerlo primero muy suavemente y luego cada vez más rápido. Azucena se estremecía de placer en la cama, él le tendió su mano y ella la apretó fortísimo mientras él apretaba sus labios contra los de su sexo. Con un último y largo gemido de Azucena, Johan entendió que lo había disfrutado. Ella lo tomó suavemente de los cabellos y él se dejó llevar hasta su boca. Se besaron de nuevo por largo rato, luego Johan se subió sobre ella, pero ella lo bajó con fuerza y lo hizo acostarse boca arriba para acariciarlo, se subió sobre él y lo beso en el cuello, la oreja, lo quiero Johan, y yo nunca había querido a nadie, le dijo, y fue bajando lentamente hasta su pecho mientras con su larga cabellera le hacía cosquillas. Besó su pecho, y con la lengua fue bajando dócilmente a su abdomen y luego a su pubis, rodeó su verga con la lengua y siguió bajando hacia el escroto, lo lamió lentamente mientras Johan con los ojos cerrados ladeaba la cabeza suavemente de un lado a otro. Ella fue subiendo de nuevo con su lengua desde su escroto, recorriendo a lo largo la de la verga ya totalmente endurecida y se detuvo en el glande. Lo chupó como había escuchado alguna vez a sus compañeras del liceo, de arriba hacia abajo, luego metió la verga todo lo que pudo en su boca y empezó a consumírselo poco a poco sin hacerle ningún daño. Johan estaba ya tan excitado que se levantaba de vez en cuando y la detenía con un quejido silencioso. Azucena no estaba menos excitada, subió hasta su boca y lo besó, querían comerse mutuamente, de manera que ella estaba lista, se colocó en cuclillas y con la ayuda de su mano buscó la verga de Johan y se sentó poco a poco sobre ella. De repente sintió una excitación desbordada y la fue metiendo en su vagina mientras se movía lentamente, le dolía, sí, pero era más la excitación, ¡Ay Johan!, dijo y se sentó con fuerza sobre la verga, desvirgándose al tiempo que Johan sintió que se abría camino para él en el cuerpo de su amada. Johana ya no estaba pensando en nada, y aunque tenía un poco de sangre, nada le dolía ya, su cuerpo le pedía moverse y así lo hizo. También Johan lo hizo, y juntos crearon un solo ritmo, cada vez más rápido y más violento hasta que los dos estaban gimiendo y de repente Johana sintió por dentro el chorro potente de semen mientras Johan se ponía una de las almohadas en la cara para que no lo escucharan y fue suficiente para que también ella acabara gritando en silencio. Cayó sobre él, los dos jadeaban cansados, sudando. Él la abrazó, y la dejó descansar sobre su pecho. Es mi primera vez, ¿Qué edad tiene usted?, le preguntó Azucena, y Johan respondió, para mí también, la misma que usted, veinte años. Lo quiero tanto como al agua que cae de la cascada Los Paujiles y que me da la vida Johan, dijo Clara Azucena, yo más, respondió simplemente él, y así va a ser siempre. Esa noche no durmieron ni un minuto, al cabo de un rato estaban retozando de nuevo y así continuaron hasta el amanecer.

Después de algún tiempo, luego de una vida juntos, Azucena y Johan decidieron mudarse con sus hijos y nietos a la ciudad de San Cristóbal donde murieron cualquier abril de Semana Santa, mientras preparaban dulce de moras para su primer bisnieto, Juancito, que traía su hija Rosa Johana de Francia. El gas del que nunca se acostumbraron terminó matándolos como siempre lo había repetido Don Johan desde que llegaron a la ciudad. Cuando Rosa Johana los encontró tiesos sobre el piso de la cocina estaban desnudos y cubiertos de almíbar.

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